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Si estás cansado del tema LGTBI, imagínate lo cansados que estamos nosotros

Sé que estás cansado del tema LGTBI. Pero párate a pensar lo cansados que estamos nosotros. Nadie está más cansado y aburrido que nosotros. Pido que me leas, votes a quien votes. Que me des una oportunidad. Te prometo que me he esforzado para no decepcionarte y no ser un eslogan político. No buscaré victimizarme, sino relatar mi realidad como hombre homosexual nacido en España en 1989.

Autor: Anónimo. Entre tantos opinadores profesionales en los medios estos días que dicen lo primero que se les pasa por la cabeza, he pensado que en periodismo se dice que hay que ir a las fuentes. Yo soy una fuente.

La libertad sexual es una cuestión fundamental de los derechos humanos.

Tenía 10 años cuando recé con ganas por primera vez. Nunca fui creyente. En 1999, de camino a casa de mi abuela para comer, en verano, pensé: “ojalá no sea gay”. No porque pensara que era malo, nadie consiguió jamás que pensara eso. Lo hice porque era 100% consciente de que la sociedad haría que mi vida fuera desagradable y más difícil de lo que ya es para todos. Algo que sólo debería poder entender un adulto, yo ya tenía un máster en la materia.

En el colegio, al terminar las clases sobre las 5 de la tarde, unos cuantos chicos de la clase de enfrente solían buscarme para cogerme del pecho y estamparme contra la pared y llamarme “maricón”. No sabía lo que querían decir. No sabía lo que era ni el amor ni el sexo. Ellos no me conocían, ni yo a ellos. En el autobús, de camino a casa, continuaban insultándome llamándome “gay, maricón, etc”.

Mi madre solía contarme entre risas que una profesora, cuando yo tenía 3 años y aún no sabía hablar, citó a mis padres para una reunión de urgencia. La profesora les dijo que estaba preocupada, que pensaba que yo era homosexual. Mis padres, atónitos, contestaron: “¿Qué?”. Ella contestó: le he visto jugar con juguetes de chicas demasiado tiempo, no sólo de chicos. Mis padres dijeron: “¿para eso nos llamas?”.

Cuando mi madre me lo contaba, siempre dejaba caer que qué estupidez pensar que era homosexual por eso. Quería tranquilizarme, y lo que me transmitía siempre era: “tranquilo, no eres homosexual. Todo va bien. No eres “de esos””.

Todos hacemos algo muy simple en el colegio e instituto: nos juntamos con quienes no nos insultan. En mi caso, eran las chicas. Los chicos me presionaban mucho más para que cumpliera con el estereotipo de hombre clásico, ya sabes: fingir que no sientes miedo, obligarte a ser agresivo cuando no hace falta, hablar todo el día de tías buenas y fingir que no tienes glándulas lagrimales. Asique los evitaba. En el instituto, cuando salía el tema de novias y “rollos”, me daban ataques de pánico que disimulaba muy bien.

Mirando atrás, claramente me pasé toda la adolescencia con ansiedad y depresión clínica. Nadie hablaba de salud mental en aquella época, al menos en mi entorno. Todo se solucionaba hablando con amigos o yendo al tarotista. Asique yo hablaba con las 3 amigas que tenía. Una de ellas, la pobre, aguantó mis discursos hiper-deprimentes durante años.

No escuchaba a nadie hablar de lo que yo era, sólo para estereotiparlo y encasillarlo en un cliché ridículo. Veía películas, y ningún hombre amaba nunca a otro hombre. Jugaba a videojuegos, y yo no estaba. Lo mismo con anuncios, series, programas de TV, cuentos infantiles o películas de Disney… Eso me mandaba un claro mensaje inconsciente: “nos avergonzamos de ti. Eres irrelevante”.

Mi película favorita era Matrix. Como dice Morfeo a Neo: “Estás en una prisión que no puedes ni saborear ni oler ni tocar. Una prisión para tu mente”. Así me sentía yo. En un mundo que fingía que yo no existía y poseído por un sentimiento de irrealidad. Quería ser Neo. Me encantaba cuando el agente Smith le llamaba “señor Anderson”. Y él contestaba “mi nombre es Neo”. Era como: “no soy lo que tú decides, soy lo que yo decido”.

Ahora, de adulto, leí que las hermanas Wachowski querían que el personaje de Switch fuera un hombre en el mundo real y una mujer en Matrix. Era transexual. Ya tenían el casting hecho para el actor y la actriz. Pero nunca pasó. Lo prohibieron. Cuando la gente dice que se fuerza la aparición de personajes LGTBI, es más bien al contrario. Se prohíbe. No están forzados, están mal escritos. Como tantos personajes heterosexuales en esas historias en las que meten el amor hiper-predecible cuando no toca. Hay que exigir calidad, no que desaparezcamos otra vez.

Cuando escuchaba comentarios homófobos en mi casa, de mi familia o amigos, no me importaba. No me dolía. Sí me dolía cuando los chistes los hacían completos desconocidos. Porque si lo decía mi familia, siempre podía decirme a mi mismo que “ya me escaparé de aquí, ya encontraré otra familia”. Pero cuando se lo oía decir a un desconocido sentía que no había ningún lugar al que huir. Que estaba atrapado y “acabado”.

A día de hoy, leo o escucho una palabra que empieza por “mar…” y me entra un pánico inconsciente que me dura 3 segundos. No me ofende, no me duele. Pero tengo esa reacción.

Quien llegaba a conocerme, en el instituto, siempre me decía lo mucho que se reían conmigo, lo bien que les caía, lo inteligente que les parecía. Que podía hablar de todo en profundidad y que era generoso. Pero yo seguía sintiendo que era una basura inmunda. Alguien ridículo, sin valor, alguien que haría feliz a la sociedad desapareciendo.

En el instituto, sólo un chico de clase se esforzó por conocerme. Es heterosexual. Me sorprendía que se comportaba de una forma muy diferente conmigo a cuando estaba con su grupito de amigos. Me hablaba mucho de sus sentimientos y no se reía de nadie. Una vez me dijo que su padre le decía que “los hombres no lloran”. Cada vez que me decía algo similar, yo le decía lo absurdo que me parecía. Él se sentiá más y más agusto conmigo. Pero yo no me sentía agusto con él. Yo seguía escondiéndome.

De adulto me di cuenta de que cuando una relación se fortalecía en mi vida, la destruía a propósito. No quería que se acercaran a mi verdad. No era seguro. Me sentía muy solo.

¿Cómo puedes sentir que te quieren cuando no te ven? Me preguntaba: si todo el mundo (familia, amigos) supiera quién soy al 100%, ¿me querrían igual? ¿Qué evidencia tengo de que es así? No lo puedo saber.

Aún así, nisiquiera era consciente de que era gay. No puedo describirlo. La única referencia de un hombre homosexual que me habían enseñado, era la de alguien con “mucha pluma”, promiscuo, que sólo quería salir de fiesta y ahogar la ansiedad que le daba ser rechazado con las drogas. Yo no era ni hacía nada de eso. Asique ¿cómo podía ser gay? “El amor es para otras personas, no para mi” – pensaba.

Un día, en el patio del instituto, me reí junto con una compañera de la pluma de un chico. No me hizo falta conocerle ni un informe policial para decidir pensar que era gay. Él se dio cuenta, me miró, y borré su sonrisa. Miró al suelo con cara de tristeza. Me supo mal y ya está. Pero ahora se que yo sólo estaba haciendo lo que me habían enseñado: odiar, ridiculizar y esconder a cualquier hombre que no cumpla con el estereotipo de hombre que me imponían.

En la vida adulta, incontables heterosexuales me han dicho que se arrepienten mucho de haberse metido con chicos gays. Que fueron unos “gilipollas” y que ojalá alguien les hubiera abierto los ojos a tiempo. Pero la sociedad estaba sentando cátedra en otra dirección. Ellos sólo se esforzaron por ser buenos estudiantes, igual que hice yo.

Solía escuchar a la gente decir, mientras veía un anuncio de yogures o perfumes en el que dos heterosexuales se metían la lengua hasta el esófago, que los niños no deberían ver a homosexuales en la televisión, porque era inadecuado para su edad. Que los besos ya, si eso, “cuando sean mayores”. Solía ver que los niños podían ver a parejas heterosexuales en todas las películas de Disney, pero que los homosexuales quedaban reservados para “cuando sean mayores”. Lo heterosexual era sólo amor, lo homosexual era sólo sexo para adultos. Lo heterosexual era inocuo, lo homosexual era adoctrinar y presionar para que los niños fueran homosexuales. O hablar a niños de dildos y consoladores. No entendía nada, y no me paraba a intentar entenderlo.

Ponía la televisión y oía hablar de “las minorías”. Yo me preguntaba por qué no llamaban “las minorías” a los fans del jazz o a los militares. Son un porcentaje minoritario de la población. Mientras me llamaban “las minorías”, yo me sentía la persona más mayoritaria del mundo. Quería ser feliz, amar en libertad, celebrar quién soy, querer a mi familia, encontrar mi sitio, luchar por mis sueños. Sentía que el adjetivo “minoría” impedía que me difuminara con el resto de la multitud. Me sentía señalado y aislado.

Un día, después de que mi mejor amiga me contara que su madre heterosexual la abandonó con 3 años y su padre heterosexual es, como mucho, un “amigo” que ve a veces y que tiene que ayudar como si fuera su madre, llegué a casa y encendí la televisión. Escuchaba a la gente cuestionar mi lucidez y capacidad mental para cuidar de un niño pequeño. “Hay debate sobre si los homosexuales pueden criar a hijos”. Pero yo sentía que mis padres heterosexuales me habían fallado. Apenas veía a mi padre, quien por cierto me dijo que la homosexualidad era una enfermedad. Y murió sin que le dijera que era homosexual. Y mi madre nunca escuchaba cómo me sentía en ningún aspecto. Me críe, emocionalmente, sólo.

Eso me hizo darme cuenta de que se equivocaban. Porque yo sabía demasiado bien lo que un niño necesitaba para ser feliz. Me sentía muy capacitado para ser padre. Sabía que lo que necesita un niño es amor y aceptación, no que seas hombre o mujer. Los datos ya lo dicen. Los niños criados por homosexuales no tienen absolutamente ningún problema especial de ninguna clase.

También escuchaba a la gente comentar que los homosexuales éramos “hombres débiles”. “Tienes menos fuerza que el pedo de un marica”. Que éramos cobardes, sin fuerza, y no teníamos iniciativa. Sin embargo, yo siempre lo vi al revés. Lo fácil es sucumbir a la presión social y hacer lo que dicen que hagas. En este caso, insultar a los homosexuales sin conocerles. Lo valiente, para lo que hay que “tener muchos cojones”, o “ser un hombre”, si quieres, es mostrar quién eres aún sabiendo que pueden rodearte entre 13 tíos y darte una paliza de muerte. Lo fuerte y valiente es remontar a una sociedad entera y acabar queríendote, contra todo pronóstico. Lo valiente es vivir la vida que quieres y luchar. La fuerza se lleva en tu actitud ante la vida, no en el puño o en la orientación sexual.

Nos echaban en cara que no podíamos procrear, pero cuando salía el tema de que los homosexuales tienen óvulos y espermatozoides y pueden procrear por vías no tradicionales, y convertirse en padre/madre biológicos o adoptivos, te llamaban antinatural o pedófilo. Antinatural, como si algo que existe en la naturaleza pudiera no ser natural. Siempre había una sentencia.

No estoy diciendo que sólo sufre la gente LGTBI. Pero te pueden llamar gordo y maricón. Calvo y maricón. Bajito y maricón. Cuatro-ojos y maricón. Jodidos estamos todos. Pero la homofobia es un problema añadido más con muchas ramificaciones y una auténtica prisión para la mente. Y ahora estamos hablando de la homofobia, no de otros problemas.

Es curioso. Hice muchísimas cosas maravillosas e interesantes en la vida y con muchísimo significado, a parte de no vivir mi sexualidad y mi afectividad. Pero como no me mostraba como era al 100%, me decía cada día que no valía. Que debería desaparecer. No dejé de sentirme profundamente deprimido y ansioso, ni sentí que estaba viviendo, hasta el día en el que celebré quién era al completo y dejé de esconderme. Empecé a amar la vida por primera vez. Con sus desgracias, con sus problemas. Pero la amé. Unos meses antes había estado teniendo pensamientos suicidas.

Empecé a vivir con 23 años. Samuel tenía 24. No le conocí, pero mi corazón se rompe al pensar que quizá lo mataron sin que hubiera vivido.

Estos días he estado escuchando que todos los medios y la policía tienen un consenso oficial e incuestionable: es IMPOSIBLE que agredieran y mataran a Samuel por ser homosexual porque los agresores no le conocían. No podían saberlo. Samuel no se lo dijo. “No está claro que lo mataran por homosexual”. “No se sabe” “La policía lo descarta”.

“¿Lo dicen aposta para cabrearnos”? -pensé. Cada vez que lo escucho, me dan ganas de darle un puñetazo a la pared. Se que todas las personas LGTBI de España se sienten así ahora mismo. A todos nos decían que éramos homosexuales antes de saber hablar o abrocharnos las zapatillas. Me estampaban contra la pared antes de que yo mismo supiera lo que era ser homosexual. No pudieron agredirme por gay, ¿verdad? No me conocían, jamás les dije que era gay. Veréis: los agresores no utilizan el método científico para averiguar si eres LGTBI y entonces luego agredir. Es algo que deciden pensar. Y a continuación, actúan en consecuencia.

Los agresores no salieron a la calle en busca de gays. Cierto. Pero eligieron a uno. Le llamaron maricón, no astronauta. Y Samuel era homosexual. Le pegaron, lo matarón al grito de “maricón de mierda” y después le robaron el movil. No seré yo quien dicte sentencia. La rabia puede cegarme. Y siento mucho respeto por la policía y su trabajo, pero he sentido que ellos no han tenido el mismo respeto por nosotros. Y los medios, muchísimo menos. Me he sentido despreciado e ignorado.

El otro día, comentando lo de Samuel con mi familia, me dijeron: “la mayoría de la gente es buena, hay unos cuantos idiotas que hacen daño” “esto es una exageración”. Pero esa no ha sido mi vida. La mayoría de la gente no fue buena conmigo. Y sólo unos cuantos sí lo fueron. Me decían que viviera con completa normalidad y que dejara de quejarme. Que no hay negros y blancos, homosexuales o heterosexuales. Hay buena gente y mala gente. Que problemas tenemos todos, que menos dramatizar e ir de víctima. Vale. ¿Significa eso que pudo ser ya yo mismo sin arriesgarme a que me den un apaliza? ¡Gracias! ¡Problema resuelto!

Me dijeron que el día del orgullo era una estupidez, que no había un día del heterosexual. No voy a juzgar a nadie por la utilidad que le ve o no le ve. Pero el día del orgullo fue el único mensaje positivo sobre mi que percibí de adolescente, cuando nadie más lo hacía.

Me gustaría pedir algo a todas las personas LGTBI de España: contad vuestras historias con todo detalle. No dejéis que la gente se lo imagine o que se lo cuenten otros. Cread hilos eternos en Twitter, sacad todo lo que lleváis dentro. Porque durante demasiado tiempo han hablado de nosotros sin preguntarnos. Y ahora es nuestro turno.

Si alguien hace un chiste homófobo, explicadle por qué no tiene gracia. O levántate y vete. No os quedéis callados por no cortar el rollo. Reaccionad. La vergüenza es suya. Con todo el respeto, tienen que empezar asumirla.

Y a todos: me da igual a quién votes. Más allá de la moda del odio, más allá de los algoritmos de las redes sociales que sólo te muestran lo que te genera interés o lo que te da la razón, para que pases más tiempo en la red social, te tragues publicidad y le des dinero a los propietarios. Más allá de cualquier cosa. Lo sé. Se que eres capaz. Te pido que seas mejor. Que lo hagas mejor. Prueba a apagar la tele y a no escuchar a los tertulianos ni a ningún opinador a sueldo. Que te dejen pensar por ti mismo sólo un momento. Habla con personas LGTBI y pregúntales sobre lo que piensan y lo que han vivido. Escúchales. Sin interrumpirles. Tienen mucho que contarte.

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