Las triadas de la masonería

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El tres es uno de los números esenciales de la masonería

La consecución a través del trabajo de los ideales: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Salud, Fuerza, Unión. Sabiduría, Fuerza, Belleza.

Autor: Gabriel Molina. Logia Constante Alona al Or.·. de Alicante

Libertad, igualdad, fraternidad. Lo proclamamos en todas las tenidas. Al comienzo, al final y durante ellas. Analizar el significado de cada una de estas palabras no es el propósito de esta plancha, ni mi intención la de aburriros con una demostración de mis dotes, sobradas, de búsqueda de la información que circula por la vasta red de redes y aprehensión de la misma. Voy a hacer lo creo que debería hacer un aprendiz masón, que es el hecho de olvidarse de todo lo que sabe, para poder llegar a cierto grado de certeza, que además sea totalmente replicable y refutable pues, de otro modo, no sería otra cosa sino dogma, cuando no pasa de mera opinión que pretende encontrar un principio válido y sostenible.

El masón tiene que crecer, tiene que mejorar, tiene que acercarse al ideal que de sí mismo y que, en general, tenga como persona. Las palabras libertad, igualdad, fraternidad son ideales que pretendemos conseguir y, al mismo tiempo, herramientas de trabajo para conseguir esos mismos ideales. Como aprendices, pronunciamos esas palabras que seguimos repitiendo como compañeros y maestros, hasta que llegamos a la conclusión de que realmente no sabemos muy bien lo que estamos diciendo y, mucho menos, por qué lo estamos diciendo. Es ese el momento en el que yo, personalmente, me doy cuenta de que, cuanto más sabes, más cerca estás de no estar tan seguro de lo que sabes y de que también, esa condición, es la mejor para acercarte a lo que buscamos todos: la verdad, pues generalmente nos esforzamos en tener la razón, en lugar de en buscar la verdad, para lo cual carece totalmente de importancia si lo que decimos es aplaudido, o no, por la mayoría de quienes nos rodean. Es decir, verdad y razón, no tienen por qué ir de la mano y, aquí, lo que buscamos es la verdad, no tener razón, pues es lo que nos acerca a los ideales antes mencionados.

SALUD, FUERZA Y UNIÓN

Salud, fuerza y unión es esa especie de mantra que pronunciamos como oración con las manos entrelazadas, para recordarnos a nosotros mismos los requisitos necesarios y sin los cuales, alcanzar los ideales de libertad y igualdad y fraternidad sería imposible, pues el progreso a lo largo de este sendero de la vida que consideramos sacro llamado masonería no es sencillo y exige esas tres condiciones, algunas, tristemente, fruto del caprichoso azar y, otras, consecuencia directa de nuestra actitud, determinación y esfuerzo.

Es entonces, cuando uno persigue el ideal que tenemos, haciendo acopio de las virtudes antes mencionadas y solo de esta manera, cuando se puede encontrar la sabiduría, la fuerza y, por último, la belleza que todo lo adorne. Para eso estamos. Que lo consigamos, o no, depende únicamente de nosotros, de saber utilizar las herramientas de que disponemos, que no son otras que nuestra terquedad en continuar machacando y dando forma a esa pétrea roca de la que estamos hechos y que parece nunca moldearse a la velocidad que nos gustaría.

            La masonería y el lugar que la concreta, la logia, nuestro templo, no es un club de amigos. Es un club de personas que pueden ser amigas pero que, aunque no lo sean, son hermanos. ¿Qué quiere decir eso? Pues que, más allá de filias y fobias, comparten ese impulso o necesidad vital de dar un sentido a todo este mundo profano que nos rodea, que están aquí para hacer algo mejor las cosas y que han entendido o empiezan a vislumbrar que, la única forma de hacer de este mundo un lugar mejor, es hacer de uno mismo una persona mejor. Esa es la piedra sobre la que levantamos el templo que solo puede sostenerse y erigirse encima de las triadas que son los valores que consideramos esenciales. Y eso, solo se consigue trabajando y poniendo en práctica aquello que proclamamos.

No es posible llegar a la situación de libertad, igualdad y fraternidad, sin cometer errores. Todos los cometemos a diario, yo soy el primero. Entender nuestra naturaleza imperfecta y la incapacidad, seguramente, para alcanzar ese oro de los alquimistas, por mucho que visitemos el interior de la tierra una tras otra vez, es esencial para entender el punto de partida y las expectativas a tener, pero tampoco debe ser el comodín que nos exima de cumplir con nuestra responsabilidad, tratando además de ser siempre fraternales.

EL TRABAJO EN LA LOGIA

A la logia venimos a trabajar. Es el trabajo lo único que nos hace progresar tanto en el mundo sagrado masónico, como en el profano. Si quitamos mérito al hecho de trabajar, si rebajamos la exigencia que nosotros mismos nos hemos impuesto, para adecuar las situaciones y el resultado de lo que hacemos aquí para facilitar la consecución de los objetivos que nos hemos propuesto, le quitamos todo el valor que supone ser un masón. De hecho, lo que estamos haciendo actuando así, es hacer que el fin justifique los medios cuando, en masonería, los medios son lo único que puede justificar el fin.

Cuando nos equivocamos, cuando damos un golpe en esa piedra que somos nosotros, que luego va a ser parte de un muro o columna que somos como logia y parte sustentante de ese gran templo universal que debe ser la masonería, no podemos conformarnos y permanecer en el error. Es imposible que un trozo de piedra irregular se convierta en algo perfecto, o lo parezca, si a cada mazazo que arranca un trozo que no debería, o extrae una forma que no es la que buscamos, en lugar de repararlo, seguimos golpeando como si no hubiera pasado nada.

Sí, es cierto que es fraternal perdonarnos los unos a los otros, dar una palmadita en la espalda y hacer como si no pasara nada. Pero quizá sea esa una fraternidad de paripé y no la real que aquí buscamos. La fraternidad real es aquella que no tiene miedo a decirle a un hermano que no lo está haciendo bien, la fraternidad real es aquella que es capaz de transmitirle a un hermano que debe esforzarse más, o que no tiene miedo de alzar su voz para expresar el sentimiento de que las cosas no se están haciendo todo lo bien que se pueden hacer y el deber de hacerlo de manera más gentil posible. La fraternidad no es adecuar las normas a nuestras necesidades, sino hacer que nuestras necesidades no estén por encima del buen hacer que nos proporcionan las normas que consideramos que nos ordenan y corrigen. La fraternidad tiene que partir, pues, de esa verdad que es tan esencial y lo único que puede dar sentido a nuestra obra, nunca la disculpa a la manera y forma de hacer las cosas peor de lo que se podían haber hecho. La fraternidad no es como la comunión de los cristianos, que pueden hacer lo que les dé la gana, siempre y cuando le cuenten sus pecados a otra persona elegida por su dios y con la potestad de perdonarlos. La fraternidad debe partir de la justicia, y no hay justicia sin igualdad.

¿QUÉ HACEMOS AQUÍ?

A lo que voy, con todo esto, pues imagino que el despiste de mis hermanos puede ser mayúsculo, es a plantear e intentar contestar la pregunta de qué demonios estamos haciendo aquí. Hemos venido a darnos palmadas sobre los hombros cual falsa fraternidad cuando hacemos las cosas mal, hemos venido a hacer como que hacemos masonería, o hemos venido con él ánimo dispuesto a hacer las cosas bien. Porque hacer las cosas bien es, simplemente, hacer las cosas como se tienen que hacer. Si estamos jugando a masonería, vamos a jugar con las reglas que implica ser masón. Si no estamos dispuestos a ello, no estamos haciendo masonería, sino siendo un espejo del mundo profano, en vez de la causa diferenciadora que impulse su cambio a mejor que queremos ser. Hacer masonería es comprometerse a unos valores que son los que nos hacen masones: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y convertirlos en principio, fin y medio.

Somos masones y somos humanos. Equivocarnos es la tuerca con la que venimos de serie. Ahora, cuando uno se equivoca tiene dos opciones, redundar en el error, o enmendarlo. Redundar en el error solo lleva a volver a cometerlo una y otra vez, repararlos es, consecuentemente, la única opción que tenemos, si es que nos sentimos aquello que nuestros hermanos dicen que somos.

Seguramente sea esta una plancha absurda, un susurro desesperado de disconformidad, pero aprendí varias cosas de la historia que me contaron en la ceremonia que me puso en la condición que ostento ahora, además de las de aprendiz y compañero, y una de ellas, quizá la más importante, es la defender lo que creo que es justo, aunque eso me lleve a la muerte profana y masónica, que temo mucho menos que al hecho de obrar con cobardía por temor a llegar a este ineludible final.

Si somos masones, nuestro deber, nuestra obligación, es la de trabajar y asistir. El trabajo sin la asistencia no nos van a hacer progresar. La asistencia sin trabajo tampoco. La piedra requiere un trabajo interno y otro externo. Un esfuerzo doble, el de escuchar y aportar y, posteriormente, el de hacer de uno lo que ha escuchado y aportado, pasarlo por el tamiz personal y agregarlo o desecharlo, o desechar una parte de sí mismo que ya no vale para nada. Si renunciamos a la exigencia del trabajo y la asistencia, renunciamos a la masonería, que es trabajo y asistencia. Lo contrario es una masonería virtual que se parece demasiado a esa manera de funcionar en el mundo profano que no queremos reproducir, sino modificar.

Lo hecho está hecho. Lo venir está por venir. Decisión nuestra es la de seguir excusándonos, o exigirnos y exigir ese esfuerzo sin el cual nada de esto tiene sentido, porque entonces somos una réplica más de tantas asociaciones similares existentes en el mundo profano, para la que no hace falta vestirnos como nos vestimos, hacer lo que hacemos, ni proclamar lo que proclamamos, que es salud, fuerza y unión, sabiduría, fuerza y belleza, libertad, igualdad y fraternidad, que no aparecen por generación espontánea, sino que se vislumbran tras un intenso y continuo trabajo y, a veces, ni tan siquiera así. Pero entonces, lo que debemos es perseverar.

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