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El Siglo de las luces y la Masonería

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Zenobio Saldivia Maldonado (*)

          Antecedentes previos

El siglo XVIII es denominado frecuentemente como el Siglo del Iluminismo, El Siglo de la Ilustración, La Edad de las Luces, o incluso a menudo se le asigna también el rótulo de Siglo de la Curiosidad.  Esto último, debido a la enorme confianza en la explicación científica que caracteriza a los miembros de las comunidades científicas de la época y al público ilustrado en general; así como también por la vastedad de aspiraciones y las enormes expectativas que se volcaron en esta centuria, en torno a la ciencia y a los que la profesaban.

En este período histórico,  desde el punto  de vista del desarrollo científico, se alcanzan extraordinarios progresos en cuanto a la comprensión y dominio de campos tales como: la electricidad, el magnetismo, la mecánica, la fisiología, la química, la taxonomía, la geología, la botánica, la calorimetría, la matemática y la tecnología industrial, entre otros. El Siglo de la Ilustración, es justamente el momento histórico en que la antigua filosofía del siglo precedente, denominada  “filosofía natural” o “filosofía experimental”, da paso a una etapa de desmembramiento del saber, apareciendo desde su seno, nuevas y variadas disciplinas autónomas. Es la centuria de “les savants”, de los sabios  que al alero de las emergentes Academias Científicas,  están haciendo extensivo el método científico a nuevas extensiones de la naturaleza y muy especialmente, a las vastas regiones del Nuevo Mundo.

Así, en este contexto, la pasión del hombre ilustrado se desborda de curiosidad intelectual por todos los caminos del conocimiento, aunque  sus focos de mayor interés, parecen ser el dinamismo socio-político, su preocupación por la naturaleza y el desarrollo tecnológico. Por eso, justamente, no resulta extraño que en este siglo principie la Revolución Industrial. Pero además,  los campos en los cuales aparecen y se difunden  nuevas ideas sobre el hombre y su condición de ser social, son: la educación, la filosofía, la política, la ética, la historia, y las ciencias de la vida, entre otros. En efecto, las contribuciones provenientes de estas  disciplinas, trasuntan una clara mirada filantrópica y persiguen no solo el incremento cuantitativo referente a sus objetos de estudio; sino que además, sus cultores se sienten participando de la búsqueda de nuevos caminos para la obtención de la armonía social. La elite intelectual ilustrada, estaba plenamente convencida de que sus tesis apuntaban a la filantropía y a la difusión del conocimiento y que por tanto, todo era cuestión de atreverse a saber. Así, estaban convencidos que con una instrucción apropiada, las lacras sociales podían ser modificadas y que podían cambiar la naturaleza de  los seres humanos. Esto es, que los autores de este período, están muy conscientes del hecho de que sus discursos teóricos están siendo utilizados para la discusión sobre la génesis y naturaleza del poder político, y como fundamentos relevantes para una  reorientación social. Lo precedente queda de manifiesto, por ejemplo, al observar la contribución de los filósofos y de los enciclopedistas del período; quienes desean expandir las luces del saber al mayor número de seres humanos, y aspiran además, a alcanzar una comprensión más integral sobre el comportamiento humano y sobre la interacción social y política.

La Ilustración es así, una escuela filosófica, una moda de la intelligencia europea, un método de transformación social y una actitud de extrema confianza en la razón. Nada queda fuera del alcance de la ratio, todo es posible de poner en discusión: las ideas, los valores, los procedimientos, el método y las reglas. Empero, el movimiento no estuvo exento del costo social que implicaba la audacia de su divulgación y popularización. Por ello, muchos de estos sabios, fueron encarcelados, y otros, tuvieron serias dificultades con la ortodoxia religiosa cristiana.

Justamente, dentro de este vasto campo de nuevas inquietudes y reorientaciones sobre el desempeño del individuo en la sociedad, aparecen con fuerza las ideas de la francmasonería; casi como fusionadas con las ideas libertarias de la Revolución Francesa, por una parte, y por otra, casi en maridaje con los postulados humanistas de los grandes pensadores del período: Voltaire, Rousseau, Diderot, Montesquieu, D’Alambert y otros.

Iluminismo y revolución.

Lo primero que se aprecia en este siglo, desde el punto de vista del dinamismo social, es la aparición de dos grandes revoluciones políticas que le dieron su impronta definida, con lo cual dicha lonja de tiempo  ha quedado consignada en la historia: la Revolución Americana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789. (1)

La noción de revolución; entendida como cambio brusco con las ideas y conductas del pasado, para instaurar una nueva mentalidad y asentar una institucionalidad diferente, parece impregnar toda la vida social e ideológica del siglo.  “El surgimiento del concepto de revolución como un cambio drástico una solución de continuidad o una ruptura con el pasado, en lugar del retorno cíclico a un tiempo pasado y mejor aparece durante el Siglo de las Luces no sólo en las esferas del pensamiento y la acción social y política sino incluso en las discusiones sobre asuntos culturales e intelectuales.” (2)

En el Siglo de la Ilustración ningún contenido cognoscitivo gozaba de certidumbre.  Todo   se   consideraba   como un referente válido para la duda sistemática y como un objeto digno de estudio.  Pareciera que el mundo de las ideas consagradas y el ámbito de las instituciones existentes, deberían rehacerse a cada instante y dar paso a la fuerza cada vez más audaz de la razón.  Es el ansia del saber y la búsqueda de nuevos caminos discursivos.

La  nueva  mentalidad  de  ruptura con lo antiguo, se aprecia  tanto en las ciencias naturales, como en la filosofía o la literatura. En este último campo por ejemplo, “…las obras literarias, en lugar de escribirse con mayor o menor fortuna y según normas establecidas, son una invención particular y como una decisión del autor referente a la naturaleza; cada uno debe comprometer la literatura entera y abrir nuevos caminos”. (3)

Si bien dentro de la cultura del iluminismo se perfilan diversas tendencias; el espíritu crítico y la exagerada confianza en la razón, son las notas coincidentes del período.  Lo primero, porque los distintos autores desarrollan una actitud de cuestionamiento del orden existente, así como también un enjuiciamiento frente a la situación social, política y moral imperante.    Lo último,   porque   el  sujeto  ilustrado   centra su reflexión en el hombre y en la inteligencia del mismo, como medio para solucionar todos los problemas de orden económico, social o normativo.

Es en este ambiente intelectual donde pululan los políticos, la burguesía, la aristocracia, los científicos, los profesionales, los ensayistas, los amantes de las sociedades secretas, los rosacruces, los francmasones, los redactores de diarios y los estudiosos de las ciencias humanas en general.  He aquí el campo donde se gesta el movimiento denominado “Iluminismo”, que da el sello característico a la centuria.  El iluminismo es un movimiento cultural de vastas proporciones que pretende aclarar o ilustrar  con la sola ayuda de la razón, los fundamentos del conocimiento, de las costumbres sociales, y en general, de todas las leyes de la interacción humana.

Tales ideas se difunden rápidamente con la acción de los enciclopedistas, los políticos, los escritores, y en especial, con la pasión y el énfasis conque los articulistas de los diarios de la época, tratan los asuntos cívicos, la crítica al absolutismo y la situación económica imperante.  Entre estos, recuérdese por ejemplo, a los redactores: Mirabeau, del Diario Courrier de Provence, a Condorcet del Chronique du Mois, a Talliens del Ami des Citoyens;  a Robespierre, articulista del Diario Defenseur de la Constitution, y a Frerón,  del Orateur de Peuple. (4)

Estos son los ejes teóricos que dan paso a la Revolución Francesa.  El siglo del iluminismo muestra una acción preponderante en la política, en la educación, en la historiografía, en la literatura; y en general, en el vasto campo de las ciencias humanas.  Este tipo de preocupación constituye la gloria del siglo XVIII.  En educación por ejemplo, se aprecian las ideas de Voltaire y Rousseau entre otros.  Este último trata de convencer a sus contemporáneos para que vivan basándose en el principio de una mayor orientación hacia la naturaleza.  En este sentido, sus obras El Contrato social y El Emilio (o de la educación), propician la plena libertad del hombre; protegida simultáneamente por la educación ilustrada y por la legislación. Voltaire por su parte, proclama la libertad de conciencia, la primacía de los méritos intelectuales del sujeto, por sobre los antecedentes aristocráticos o no del nacimiento, exige la libertad de prensa y la libertad de los presos por razones de conciencia; critica a la justicia civil y eclesiástica y enfatiza en la conveniencia del ejercicio de la tolerancia como forma de vida.  Es su mayor contribución como intelectual y como francmasón. El discurso pedagógico de la época, parte del supuesto de que el hombre es perfectible, maleable, y que por tanto es posible alcanzar el tipo de hombre ilustrado: humanista e integral. En general el siglo XVIII, el  “Siglo de las Luces”, le da una gran importancia a la educación, hasta el punto de ser conocido también como el “Siglo de la educación”. (5)

La Francmasonería.

Algunos estudiosos del siglo de las luces, sostienen la tesis de que habría una plena identificación entre las doctrinas postuladas por los filósofos y los enciclopedistas, con las logias masónicas.  Así por ejemplo, Deschamps estima que ya en 1721 habría comenzado la difusión de los postulados masónicos modernos por toda Europa; principalmente  en ciudades como Dunkerque (1721), Mons  “La logia de la perfecta unión”, (París) (1725), Sajonia (1730), Bordeaux (1739), Havre (1739), Hamburgo (1733), Nápoles “Gran logia nacional” (1756),  y la  “Gran logia Española” (1760). (6)

La tesis mencionada atribuye también explícitamente, una suerte de hegemonía de la conducción política en la marcha misma de la Revolución Francesa.  De este modo, los logros de la revolución, habrían estado en proporción directa a la difusión de las ideas masónicas. Ahora bien, a juzgar por la autoría de las ideas referentes a la transformación social, durante la segunda mitad del siglo de la ilustración; es efectivo que la francmasonería toma parte activa en la Revolución Francesa.  Empero, resulta un poco apresurado colegir una proporción tan equivalente entre difusión de la masonería y el devenir de la revolución.

Independientemente de si se comparta a no  la tesis de la identificación entre filósofos, enciclopedistas y logias masónicas; llama la atención, la fuerte vinculación de autores del siglo XVIII relevantes en lo científico, político y cultural, con las actividades masónicas de su tiempo.  Entre estos, recuérdese los casos de Rousseau, Diderot, Lagrange, D’Alambert, Hume, Condorcet y Voltaire.

Muchos de estos autores, además de su compromiso con la francmasonería, pertenecían también a distintas sociedades de estudios principalmente francesas; (academias científicas, sociedades de amigos y otras).  Voltaire, por ejemplo, participa también como miembro de un Círculo de Admiradores de la Cultura China. Esto es así hasta que la Convención decide suprimir la Academia de Ciencias, en 1793.  Sin embargo, los científicos y estudiosos abren nuevos espacios institucionales mientras se instaura nuevamente la Academia de Ciencias. Entre estos  nuevos lugares donde se elabora el saber y donde tienen lugar los debates científicos del período, están la Escuela Politécnica, el Museo de París, la Oficina de Pesos y Longitudes, y asociaciones tales como la Sociedad Filomática; e incluso también, algunos salones privados donde se reúnen los especialistas  para intercambiar opiniones y dar cuenta del estado  de  la cuestión en sus   disciplinas. (7)  Esta nueva forma de sociabilidad, es muy significativa y mostrará toda su eficacia en los primeros años del Siglo decimonono, en América, bajo la forma de tertulias. Con lo cual, es como si la revolución continuara con sus preparativos, pero en el Nuevo Mundo.

Tampoco puede pasar desapercibido el hecho de que en la Francia del período revolucionario, existían 629 logias; de las cuales 65 funcionaban en París.  La mayoría de sus miembros bregaban por la aplicación práctica de los principios de igualdad de derechos, libertad y fraternidad. Empero, lo anterior no debe interpretarse como si la Revolución  Francesa hubiera sido el resultado de una estrategia y tácticas de la masonería. O como si las logias en su conjunto hubieran inducido expresamente al cambio social. Ello sería menospreciar la influencia de las fuerzas sociales organizadas de la época, y atribuirle una orientación política a una corporación esencialmente filosófica y esotérica. En rigor, son los propios autores católicos de la época, los  se encargan de precisar que los francmasones no son los generadores de la violencia política.  Así por ejemplo, en 1793, José de Maistre expresa públicamente en su Mémoire a Vignet des Etoles, que existen masones revolucionarios, en las logias de Francia, y que en muchas de éstas son mayoría absoluta.  Pero por otro lado, deja constancia al mismo tiempo, de que estos miembros no son los responsables del terror ni de los acontecimientos de  la violencia desatada en París y en toda Francia. (8)

Hacia una conclusión

Tal vez, por el enorme esfuerzo de despertar la crítica frente al absolutismo y por promover la libertad personal y colectiva, muchos de los autores francmasones han sido considerados como líderes o como revolucionarios de facto.  Pero en realidad, estos líderes no combatieron con las armas, sólo ayudaron a despertar la conciencia individual; son autores destacados, poseedores de una prosa emancipadora en el plano público y político.  Y en este sentido, se comprende que hombres como  Voltaire, interesado en la tolerancia , como ya señalamos con antelación, o Rousseau, preocupado por la educación, o Diderot, interesado en la difusión científica y Condorcet, persuadido de la conveniencia de alcanzar el progreso como desarrollo de toda la humanidad, y otros; hayan preparado con mucha antelación la Toma de la Bastilla, pero no en el sentido de llamar a las armas; sino en cuanto difunden un marco teórico, filosófico y cualitativo, que lleva implícita una nueva visión social y un  ideario de ciudadano que asume un compromiso político para dejar atrás la monarquía como forma de gobierno. Así, es este marco teórico y social, el que es internalizado concientemente por los agentes sociales y por los conductores políticos emergentes del momento.

Por tanto, efectivamente queda claro que la presencia de las ideas propias de la francmasonería, no estuvieron ausentes en el proceso revolucionario que terminó con el Absolutismo y marcó un hito significativo en la larga marcha hacia el  respeto  del  ser humano.  Dichas ideas, contribuyeron a la consolidación de un nuevo marco teórico político, apuntan  a consignar los  derechos del hombre en el plano normativo; pero por sobre todo, son una base filosófica para sustentar dicho ideario, en la práctica de la convivencia social, en la difícil y esquiva búsqueda de la armonía social.

 

Notas

 

1. Cf., Cohen, I., Bernard: La Revolución en la ciencia, Gedisa, Barcelona, 1989, p.181.

2.  Ibidem.

3.  Sartre, J. P.: Escritos sobre literatura, Vol. I, Alianza Ed. Madrid, 1985,

p. 243.

4. Cf. Gallois, M. Leonard: Histoire des journeaux et  journalistes, T. II, Imprimierie Schneider et Langrand, Paris,1846, p. 511.

5.  Obiols, G. y Di Segni.: Adolescencia, Posmodernidad y Escuela Secundaria,

Kapelusz, B. Aires, 1993, p. 83.

6. Cf. Deschamps, N.: Les Sociétés  Secrètes, T. I, Seguin Freres Ed. Avignon,

1881, pp. XXVIII, XXXVII ; pp. 2-3;  y pág. 337.

7. Redondi, Petro: “La revolution française et l’histoire des sciences”, Rev.

La Recherche, Nº208, Mars, 1989, Paris, p. 321. (traducción personal).

8. Cf. Lennhoff, Eugen: Los masones ante la historia, Diana Ed. México,

D. F., 1978, p. 97.

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(*) Mg. en Filosofía de las  Cs., Dr. en Historia de las Cs., Académico de la U. Tecnológica Metropolitana, Stgo.

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