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Al son de María Varilla

Por Hernando Puccini Gaviria , desde el Or.·. de Colombia

En el marco de las fiestas patronales de aquel 20 de enero, celebrado en la sabana costera caribeña, tierras de cumbias, porros y fandangos, que parecían poseer en sus etéreas notas musicales, la mágica cualidad de insensibilizar a sus moradores contra el dolor sembrado por años en confabuladas matanzas, donde reiteraban al pueblo las enseñanzas en obediencias, indignas de cualquier perdón.

Los cadencioso y gratos sonidos de pitos, gaitas y tamboras. Entonando el eminente orden armónico, atemporal, excelso y poco convencional de las melodías del Himno Nacional al son del fandango, quebraron el silencio. Al unísono, el asomo majestuoso del alba y sus deslumbrantes destellos matutinos pintaban temporalmente las nubes en índigos, verdes, purpuras, lilas, rosas, azafranes, carmesí, abrían la magia celeste, generosa y pródiga en luminosas emanaciones divinas de fortalezas y esperanzas, para confrontar el incierto y caluroso devenir del nuevo día en las ricas y maravillosas pero maltratadas y fragmentadas tierras constitucionales. En esta ocasión precedía el jolgorio, el aviso de la macabra inmolación de los diecisiete infantes ocurrida en la Escuela Oficial Nacional. Post mortem declaradas en decreto presidencial, héroes de la nación y victimas de honor merecedoras de duelo nacional, buscando con ello, mitigar lo imposible de aliviar, no solo, en los corazones dolientes por las absurdas y miserables pérdidas de existencias en retoños, cumpliendo mortales obligaciones primaverales que impidieron la floración de ideales en sus tiempos. Sino también, salvaguardar de alguna manera la misión universal de proteger la vida y entender la democracia, como un compromiso de respeto a la dignidad del individuo en el desarrollo de sus potenciales.

Esa triste noche, como en muchas otras anteriores de silencios dolorosos por líderes callados eternamente, gritando el hambre, la verdad y lo sucio de la cruda realidad. Constitución, no logró sosegar un instante el insoportable y angustioso cavilar nocturno, originado por la impiedad y el menosprecio a la vida; no solo evidente en grupos disidentes al margen de la ley, sino también, en tomas de decisiones impartidas desde altares democráticos, con poder para créala y manejarla; ajenos a los desafíos por cumplir para alcanzar el idílico sueño de una reconciliada convivencia, que solo aparece, con la ejecución manifiesta en glosa viva de los dogmas. Y desdeñados casi siempre por lo políticamente conveniente, etéreo y proclive a la ambición del poder por él poder de su fracción orgánica. Albergando así, un cuadro bifrontal de difícil equilibrio democrático, generador de sentimientos frustrantes y contradictorios. Agravados ante la impotencia producida en el silencio cómplice del desmonte estructural de soluciones pacíficas; evaporada en deducciones aberrantes de los principios y valores socialmente posibles en la construcción de los esquivos y procelosos caminos para alcanzar la reposada y armónica convivencia ordenada en el art. 22.

¡Constitución! porque no estás en pie y enarboladas en polleras tricolores; son varias las estrofas entonadas, y tú, aun durmiendo en los laureles, levántate y baila. Recuerda que el ocio también es un derecho y hay que divertir al pueblo.

¡Cuales laureles! Himno, ya está bien de tanta quimérica ilusión y arrogancia espiritual, el verdor ya no lo cree, cuantas generaciones llevamos padeciendo en surcos de dolores y pavores, la triste espera a que germine él bien, creyendo que la humanidad comprende las palabras del que murió en la cruz. Por el contrario; lo que ha brotado es un nuevo régimen del horror, donde la perfidia, crueldad y corrupción atraparon la inmarcesible gloria de mi potestad soberana, para someterla a violaciones y vejámenes, extinguiendo las posibilidades del júbilo que irresponsable alardeas inmortal.

¡Pero qué falta de Fe! quizás sea la razón por la que Bandera, Escudo, Uniforme y Voto. Especulan de tu legendario cambio de humor, congoja y mala actitud; ante el honor de ambientar las fiestas y solemnidades patrias, desdiciendo de tu noble condición de andamio y carta de digna navegación que representas en nuestra amada democracia.

Obsolescente inocencia percibo Himno en tus creencias y no es de injerencias de los emblemas, señalar mí desazón. Que lo ignoren. Acaso no lo hacen ellos también; cuando sin aporte de malicia terminan siempre revistiendo en solemnidad y dignidades, a quienes carecen de virtudes demócratas para ello, usurpando interese generales por sus mezquinas ambiciones que priman sobre la sensibilidad y vínculos con el pueblo. Y lo que es peor, con la naturaleza proveedora abundante de vida para el disfrute popular; determinada por el mercado en función y protección de lo socioambiental, buscando preservar el equilibrio ausente y requerido en los retos del presente para enfrentar la tendencia descarada de las hegemonías de los mercados sobre el Estado, explotando los recursos no renovables que aseguran la subsistencia humana. Y en cuanto a ti Voto, quizás seas el gran responsable de esta cultura enraizada del engaño, por tus devaneos onerosos, ante lisonjas postulantes a representar el poder soberano. Has insistido y permitido en mantener la herencia clerical del hermetismo total en el acto de sufragar, hasta el punto del limbo, que niega al elector el derecho a confirmar si el sufragio fue sumado al candidato de su elección en el proceso electoral, negando de tajo la trasparencia requerida y fundamental.

Estas muy trascendental y emotiva, propensa a ofenderte fácilmente ante las circunstancias que no son de tu agrado, olvidando que estamos en fiesta y dejando que nos ocupemos de tus quehaceres, como lo son: La danza y la música, aglutinante social que mantiene unida a la gente en un contexto público, ameno y solemne, brindando oportunidades al pueblo de sentir alegría de vivir, que afloran al escuchar mis notas, o lo que es igual, un buen porro de creación popular que exaltan los corazones en goces, como el tapabocas, al vaivén cadente de las polleras de María Varilla (1), a la luz del velón, con lágrimas ardientes de esperma abrasando la piel, exorcizando con sinuosos movimiento de caderas y miradas erguidas al creador, las tinieblas y demonios del martirio en las heridas por traición.

Llevo danzando el dolor por muchos años en constantes desafíos en busca de la paz, aun en tempestades, con lluvia de obstáculos y espinas que requieren de toda mis agilidad y paciencia. Viviendo de instante en instante, sin sueños, ni fantasías, más que aquellos que fluyen al estímulo del conocimiento donde no es él, ni tú, ni yo. Somos todos en igualdad y plural aceptación de los preceptos regidores, que nos guían al sendero que nos lleva al cese del batallar de los opuestos y a la merma de la carencia de consonancias amables entre mis partes dogmática y orgánica, entendiéndome entre glosas la primera, como un compromiso de respeto a la vida y hacer posible los soporte a la libertad de expresarla dignamente en los límites normados y articulados. Y la segunda, proclive al poder de los intereses políticamente oportuno de los farsantes representantes populares, desgreñando con su ambición la divina misión. Absortos en plusvalía, transforman mi alma cívica y demócrata en un negocio sin registro mercantil; vestida con galas electorales, como ocurrió con la manifiesta violación. Perpetuada con la reelección del incubo agresor a mis flujos electorales, alterándolos de cuatro a ocho años. Daño fatal a mí matriz pública que destempló el sistema de pesos y contrapesos entre los hilos que tejen las fuerzas políticas estatales,  abonando así, el camino al desequilibrio, subordinación y concentración del poder al yugo dictatorial con maquillajes y vestidos populares.

Tus pesares, aunque sinceros en ocasión son un poco exagerados, mira a Bandera como vanagloria al pueblo en sus colores, engalanada con Escudo al frente; entendiendo qué ondeando los aires con buena energía, estamos creando la personalización del bien en soplos de inspiraciones aéreas, ofrendadas a la patria y estimulando la grandeza en nuestra cornucopia de deleites nacionales destinadas al disfrute del pueblo.

Ten presente Himno, que la balanza de la justicia ya no ilumina análisis lucidos y equilibrios divinos de ilustres glorias pasadas evaporadas en efluvios de corrupción. Con la cabeza vendada y apoyada en muletas, herida pero no derribada en las muchas luchas libradas, ante el compromiso natal de ser siempre fiel, ágil e imparcial en la búsqueda de la verdad, como anclaje interior de igualdad en la balanza legal, garantizando la orientación de nuestro sistema jurisdiccional en la búsqueda de un orden político, económico y social justo, para encarar las exigencias y retos actuantes de crecimiento de pobreza y deterioro ambiental, que no pueden escabullirse ante las negligencias e indolencias burocráticas. Transformando mis instituciones en hermas de copiosos cabellos alcahuetas y escasas ideas para agarrar decididamente el sable de la justicia, amolada al filo del respeto y conocimiento de la legalidad universal, obediencia establecida en artículos vinculantes desde mi creación. Paradójicamente se ha llegado hasta el sacrilegio jurídico de castigarla como ocurrió al cándido juez de pueblo, peón constitucional de Sufre-Sufre. Que fiel a mí y al art. 25 y 28 de la Carta universal de derechos humanos, Osó amparar el clamor del coro de 78 tutelantes con especial protección en su calidad de padres cabezas de familias obtenidas legalmente, y enfrentar el huracán neoliberal y masacre laboral, ocasionada con la operación financiera de internalización del capital nacional y privatización de la Empresa de Telecomunicación Nacional TUMBOCOM. afectando la infraestructura del sistema y colocando en líneas de pobreza a un tejido social articulado con derechos alcanzados. Evidenciando la infame condena a cuatro años de prisión, que el imperio de la ley ya no tiene guardianes en sus cortes, transformadas hoy, en patíbulos de verdugos aniquiladores de ella misma, insensato terminan los pilares de la democracia al transformarse tristemente en difusores de su propia devastación. Y solo, cuando sea vencida la ambición por la realización del conocimiento en la equidad, se entenderá que las injusticias son los úteros de los odios y dejaran de hablar de paz y hacer la guerra para ofrendar la obra divina. La vida.

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